Para verte las entrañas anduve, la mayor parte del tiempo, recelando de reojo las tardes rojas de la almadraba. Ibas y venías como si aquello fuera tu casa. Conocías e ignorabas tan alegremente que ni siquiera molestaba.
Tan cándidamente urdías sobre la ignorancia exquisita de tus andares que el resuello faltaba a quien te estuvo observando: quédamente trabado en la anea milenaria; tallo arriba, tallo abajo.
Amanecías y atardecías y lo de en medio también era tuyo. Y, si acaso el sol te pedía auxilio, esparcías generosa la gloria irisada de esa falda, para que la existencia oscura de los que mueren fuese más liviana.
Llévate al galgo. En los paseos largos de jueves santo, llévate a ese perro, Antonia.
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