miércoles, 26 de junio de 2019

De cuerpo presente


Paseo marítimo de La Herradura. Granada.
Son las siete de la mañana del 10 de agosto de 2018.
Riadas de oportunos atletas van y vienen, chorreantes de sudor y de mala conciencia por la cena de anoche, desafiando las leyes de la madre naturaleza y la resistencia de un organismo de mediana edad.
Enmorcillados en vestimentas que exponen sin disimulo los excesos de la gula por estrés y el paso inexorable de los años; pertrechados con aparejos para el control de la respiración, para los latidos del corazón, para el tiempo y los pasos, etc., pretenden distanciarse de la vida sedentaria, de la inercia familiar, de la rutina soporífera del trabajo; pretenden olvidarse del tiempo pasado -sin dejar de lamentarlo mientras observan veleros inalcanzables en el puerto deportivo- e instalarse en la utopía ideando futuros perfectos que no llegarán.
A estas horas, hay ya un viejo sentado en el tranco de su casa, mirando absorto, entretenido, admirado y boquiabierto desde la sombra permanente de su gorra campera, que es ya parte definitiva de su rostro moreno y arrugado.
Mirado desde la sofisticada ignorancia de quienes corren, no es más que un pueblerino de vida sencilla y simple, uno más -piensan- de los que pasan el otoño, el invierno y la primavera esperando que lleguen los forasteros y sus raleas, que llenen las playas, los bares y restaurantes, las viviendas de alquiler; esperando -creen- que, olvidada por los veraneantes a propósito la educación elemental, aplasten, ensucien, exijan, griten, pisoteen, humillen, detrás del escudo protector de los euros que, al parecer, les confiere impunidad.
El hombre les observa y se reserva sus juicios para luego. Sigue sin entender por más que lo intente, qué sentido tiene esa carrera a ninguna parte para nada, ese caminar acelerado de tocar pared y volver. Él, cuando corría de chico o de joven, salvaba la vida o la mejoraba (piénsenlo bien).
– ¿A dónde van estos? -se dice- ¿Quién tira de ellos? ¿Quién, realmente, les pone el despertador a las seis de la mañana, los viste de posibles y los manda a paseo? ¡Si están de vacaciones!, ¡si viven trabajando amargamente durante un año!
Él resume para sus adentros, haciendo esfuerzos por ordenar tanta duda: “quizás se trata de salir lejos de casa, gastar lo que hay y lo que no hay, volver a amargarse dándose cuenta de lo que se tiene encima, de lo que no se había visto, por falta de tiempo a lo largo de un año y regresar morenos de sol y de sonrientes ansiedades”.
Aquí se acaban las disquisiciones para el buen hombre… Concluye, seguramente, que no hay nada más que entender, que no es importante, que las cabezas no están buenas. Así que, mirando hacia otra parte, deja salir un exabrupto sin que se mueva un ápice la colilla, apéndice incondicional de su labio inferior.
Esto puede ser tan solo un ejemplo circunstancial y simple que señala cuán alargada es la sombra que nos “cobija” restringiéndonos el albedrío y la voluntad, impunemente.
Y es que ya pocas personas están de cuerpo presente en actos y convicciones. No son muchas ni suficientes las que reclamen el habeas corpus. La conciencia de libertad es de plástico semitransparente. Es un concepto intelectualmente entendible y, sin embargo, inasumible; por esto y porque no hay tiempo para pensar, se olvida su falta.
El derecho a la libertad es proclamado con clarines y trompetas a los cuatro vientos y justo esa fanfarria es la que encandila y condena a la pleitesía de la ignorancia consentida.
¡Provechoso septiembre!

Albayalde















Políticos ignorantes y políticas de ignorancia




Las verdades de la vida son pocas, si acaso dos: nacer y morir.

Entre ambas, van sucediendo cosas a las que se les da importancia, cegados de ensimismamiento, inmersos en el círculo que se hace espiral hacia abajo y hacia adentro en el agujero negro de los absurdos.

Una de esas cosas a las que le damos importancia es la política.

Hablar de política es muy “cool”, como dicen los modernos. Queda muy bien en muchos ambientes y en las redes sociales… La gente parece hasta inteligente cuando se adhiere a postulados de uno y otro color argumentando, dando razones de peso (¿?), incluso llegando a la degradación y el desequilibrio en pos de la “pura verdad”.
Desde los medios de comunicación se nos azuza a unos contra otros dándonos carnaza cada día. Da igual si donde dije digo, digo Diego. Da igual si las noticias están contrastadas, o si son falsas, o si son interesadas, o tendenciosas, o del YouTube, la cuestión radica en dar de comer a las fieras en que nos estamos convirtiendo.
En esencia esto no es nuevo; ha pasado siempre, con distintas apariencias y con diversos matices en cada momento de la historia. Sin embargo, me resulta curioso que siga sucediendo; que se hable de Educación en nuestro país y en tantos otros, sin que a NADIE se le haya ocurrido integrar la política en la formación de las personas en edad escolar (y luego también).

¿Cómo es posible que esto solamente lo lleven a la práctica dirigentes dictadores que, evidentemente, retuercen el concepto “política” arrimando el ascua a su sardina podrida?
Digo yo que, siendo la Política una de esas cosas a las que le damos relevancia en nuestra vida (al fin y al cabo, nos la dirige), ¿cómo es que nadie pide ni ofrece formación en Política? ¿Cómo es que nos inducen sutilmente a posicionarnos aquí o allí sin proveernos de herramientas para tener un criterio propio? ¿Cómo es que nos hacen y nos hacemos ignorantes de nuestros precedentes mientras nos entretienen con estúpidas añagazas? ¿Cómo es que se hace política de tres al cuarto mediante tweets y caen y suben las Bolsas poniéndonos el agua al cuello sin que nadie “píe”?La política “fue” la ciencia que trataba del gobierno y la organización de las sociedades humanas. Política -dicen- “fue” el proceso de tomar decisiones que se aplican a todos los miembros de un grupo. “Fue” la actividad en virtud de la cual una sociedad libre, compuesta por personas libres, resuelve los problemas que le plantea su convivencia colectiva. “Fue” un quehacer ordenado al bien común, promoviendo la participación ciudadana al poseer la capacidad de distribuir y ejecutar el poder según sea necesario para garantizar el bien común en la sociedad.
No sé a dónde llegará este texto, pero, por lo que pueda ser, desde él reivindico la necesidad perentoria de salir de la ignorancia donde vegetamos acurrucados; animo a deshacernos de la venda reluciente que nos colocan; incito desde aquí a liderar revoluciones personales, aunque sepamos lo restringido que es el perímetro de acción, porque la Política trata de nuestra vida, no de los bolsillos de los que están haciendo política-basura.

Entiendo que ser ciudadano político, en cualquiera de los municipios que constituyen la Costa Tropical de Granada, como en el resto del mundo, significa ser artífice del futuro de la tierra en la que se vive. Y esto no lo hacen los que gobiernan a este nivel o más arriba, sino quienes se conciencian y asumen la responsabilidad de hacer fuerte y buena una comunidad; aquellos y aquellas que se alejan de la queja acomodada y de los fugaces beneficios del nepotismo, haciendo un trabajo honesto.

Aquí también hemos quedado sumergidos en el lodo que nos arrastra, rambla abajo, y nos induce a normalizar lo que no puede ser normal, “aceptando la cosa como viene”, pensando que se trata de los gobiernos, o a despotricar hasta que la fuerza se nos escapa por la boca sin resolver nada en absoluto.
Mientras no hagamos por tener claro que tras cada crítica ha de haber una propuesta, seguirán llevando otros las riendas de nuestra vida. Cuando queramos enterarnos de que la Política es la expresión de la vida en comunidad de la que todas las personas participamos, entonces descubriremos cuanta es la necesidad de no ser, nosotras y nosotros, políticos ignorantes.



Albayalde





martes, 23 de abril de 2019

Migración




“Migración. Es el fenómeno que está de moda”

(Toda la frivolidad que deja ver esta frase nos coloca justa y exactamente en lo que somos -disculpen la crueldad, si pueden-).

Migración es la noticia que cada día retumba desde fríos e inadecuados altavoces, cuando no hay otras cosas más alarmantes ni más delirantes que contar.

Migración es el asunto que hay que tratar a todos los niveles, en todos los estamentos; el tema sobre el que hay que opinar con expresiones estridentes y contundentes llenas de candor, de bonhomía y de corrección política.

Los migrantes son la obsesión de este perpetuo “sálvame de luxe” en que se han convertido la prensa, los medios de comunicación globales y la especie humana. El pernicioso y descarado amarillismo inunda y ahoga verdades más amables, más nobles, que algún día ignoraremos, desaparecidos ya los conceptos primordiales entre los piojos de la estulticia.

Por desgracia para ellos, para los que hasta aquí llegan jugándose la vida por mor de un progreso rutilante, la costa tropical de Granada es el destino ansiado y afable, a pesar de todo; es el reluciente anhelo, tan desconocido como soñado, para el que han estado juntando monedas de sufrimiento: dolor de familias que quedan mutiladas de padres, de hijos; dolor de trabajo en condiciones inhumanas; dolor de patera asquerosa, inmundicia de mafias crueles; dolor de decisiones sin paños calientes, sin oraciones; dolor de arena color cementerio; dolor del parto estéril de los nonatos; dolor inconmensurable de los sin nombre, de los sin lápida. Y más dolor.

Más dolor.

Mientras hoy en la playa de La Mamola, a las siete de la mañana, un pensionista de enorme barriga discute a voz en grito por un lugar en la arena donde colocar su estupidez de bañista de raigambre, en alta mar una niña de 13 años siente el corazón en la boca, aturdida por el calor que asfixia, asustada, revuelta entre desconocidos desconfiados, subida en una embarcación cochambrosa y fétida, sin saber poner nombre a ese ciclón de locura que la envuelve con la intención de engullirla.

No hay aquí padre ni madre, no hay familia ni conocidos, no hay tierras, ni soles, ni lunas reconocibles, no hay calor humano ni palabras de aliento. Sólo verdad descarnada, la muerte y la vida a porta gayola y mucha necesidad y cantidades ingentes de injusticia.



¿Qué hay aquí, en este lado del mar?

¿QUIÉN hay aquí, en este lado del mar?





Albayalde

martes, 2 de abril de 2019

Sillas bajas de tomar el sol y feminismo

Este invierno hará mucho frío.
En la Costa Tropical también hace mucho frío cuando el viento arrecia y permanece durante días y días, acomodado a los recovecos de las calles y de las ramas en los árboles.
En cuanto sale un rayito del sol de media tarde me siento en la silla baja, como las viejas mujeres del pueblo, y me acurruco al calorcillo y me mezo en los recuerdos; como las viejas mujeres del pueblo, que hacen de su silla baja de tomar el sol -que de su vida han hecho- un intento de mecedora: ahora tienen el regazo vacío, pero les queda, instintivo, el vaivén automático del reloj particular de terciopelo que se hicieron acunando hijos y sueños. Todo entramado antes, y ahora casi disuelto.
Y mientras ocupo ese lugar de mujer, heredado de mujer en mujer, imagino vidas femeninas que me antecedieron, preguntándome cómo entendieron su destino. Los ejemplos más cercanos tienen que ver con la sencillez, con el esfuerzo, con el trabajo y con la aceptación. En ningún caso con la sumisión.
Agradezco, desde las ventajas que nos han proporcionado, a todas aquellas valientes que dieron un paso reivindicativo adelante, diciendo basta con su voz recia y con su vida; abriendo los ojos a quien quisiera ver; haciendo palpable una realidad obvia pero disimulada.
Sin embargo, creo que en esa lucha justa y necesaria, otras mujeres acompañaban a estas heroínas de otra forma, a su manera.
Han existido y existen sin hacer ruido las que, desde la humildad de una silla de anea (firmeza, eficacia y simplicidad) nos han enseñado lo que ellas eran y sabían, sin dudas, con convicción, con energía, con el ejemplo incuestionado. Con aciertos y errores asumidos.
Por supuesto, mi punto de vista es subjetivo. Precisamente esto es lo importante: quedan anclados esos recuerdos de fortaleza en el subconsciente y me permiten matizar lo que yo vivo desde esa subjetividad. A nosotras y a nosotros, ahora, nos toca pulir y adaptar a los tiempos nuestros aquello que era fundamento y verdad en ellas.
Lo de ser mujer les venía dado y ni por un momento se cuestionaba; no había rosas ni azules porque no había opciones. Había una manera de aceptar y vivir el presente, eso de lo que ahora se alardea sin conciencia plena.
En todos los noticiarios se informa a diario y en cabecera, de violaciones, de abusos sexuales, de mujeres asesinadas a mano de parejas o antiguas parejas. Acto seguido, aparecen campañas organizadas por cadenas televisivas y ONG´s de lo más variopinto, en contra de toda esta violencia, llamando a la igualdad, a la concienciación o apelando a la educación para “erradicar la lacra que nos asola” (frase recurrente en muchas circunstancias) y, a continuación, se nos endosa una ración de siete minutos o más, de publicidad sin filtros con chicas como objeto y con chicos como sujeto.
Lo que no encuentro en estos alardes de bondad (que, por cierto, no hacen sino victimizar más a las víctimas) es una reflexión que no polarice el feminismo convirtiendo a este movimiento por la igualdad en luchas absurdas de mujeres y mujeres y mujeres y hombres. Lo que no veo tampoco son posiciones firmes y sinceras de las que prestan su voz y su imagen al pregonero. Lo que no siento es serenidad ni apoyo efectivo a las que necesitan certezas.
Por supuesto, esto que escribo no es una excusa para la injusticia, la violencia, la humillación sufridas a lo largo de tanto tiempo. Es la exaltación de la fuerza y de la sencillez, de la honradez y de la tenacidad que a través de las que nos precedieron hemos ido recogiendo, despacio. Sin dudas.
No sé si se nota.

Albayalde