“Migración.
Es el fenómeno que está de moda”
(Toda
la frivolidad que deja ver esta frase nos coloca justa y exactamente en lo que
somos -disculpen la crueldad, si pueden-).
Migración
es la noticia que cada día retumba desde fríos e inadecuados altavoces, cuando
no hay otras cosas más alarmantes ni más delirantes que contar.
Migración
es el asunto que hay que tratar a todos los niveles, en todos los estamentos; el
tema sobre el que hay que opinar con expresiones estridentes y contundentes
llenas de candor, de bonhomía y de corrección política.
Los
migrantes son la obsesión de este perpetuo “sálvame de luxe” en que se han
convertido la prensa, los medios de comunicación globales y la especie humana.
El pernicioso y descarado amarillismo inunda y ahoga verdades más amables, más
nobles, que algún día ignoraremos, desaparecidos ya los conceptos primordiales entre
los piojos de la estulticia.
Por
desgracia para ellos, para los que hasta aquí llegan jugándose la vida por mor
de un progreso rutilante, la costa tropical de Granada es el destino ansiado y
afable, a pesar de todo; es el reluciente anhelo, tan desconocido como soñado,
para el que han estado juntando monedas de sufrimiento: dolor de familias que
quedan mutiladas de padres, de hijos; dolor de trabajo en condiciones
inhumanas; dolor de patera asquerosa, inmundicia de mafias crueles; dolor de decisiones
sin paños calientes, sin oraciones; dolor de arena color cementerio; dolor del
parto estéril de los nonatos; dolor inconmensurable de los sin nombre, de los
sin lápida. Y más dolor.
Más
dolor.
Mientras
hoy en la playa de La Mamola, a las siete de la mañana, un pensionista de
enorme barriga discute a voz en grito por un lugar en la arena donde colocar su
estupidez de bañista de raigambre, en alta mar una niña de 13 años siente el
corazón en la boca, aturdida por el calor que asfixia, asustada, revuelta entre
desconocidos desconfiados, subida en una embarcación cochambrosa y fétida, sin
saber poner nombre a ese ciclón de locura que la envuelve con la intención de
engullirla.
No
hay aquí padre ni madre, no hay familia ni conocidos, no hay tierras, ni soles,
ni lunas reconocibles, no hay calor humano ni palabras de aliento. Sólo verdad
descarnada, la muerte y la vida a porta gayola y mucha necesidad y cantidades
ingentes de injusticia.
¿Qué
hay aquí, en este lado del mar?
¿QUIÉN
hay aquí, en este lado del mar?
Albayalde