martes, 23 de abril de 2019

Migración




“Migración. Es el fenómeno que está de moda”

(Toda la frivolidad que deja ver esta frase nos coloca justa y exactamente en lo que somos -disculpen la crueldad, si pueden-).

Migración es la noticia que cada día retumba desde fríos e inadecuados altavoces, cuando no hay otras cosas más alarmantes ni más delirantes que contar.

Migración es el asunto que hay que tratar a todos los niveles, en todos los estamentos; el tema sobre el que hay que opinar con expresiones estridentes y contundentes llenas de candor, de bonhomía y de corrección política.

Los migrantes son la obsesión de este perpetuo “sálvame de luxe” en que se han convertido la prensa, los medios de comunicación globales y la especie humana. El pernicioso y descarado amarillismo inunda y ahoga verdades más amables, más nobles, que algún día ignoraremos, desaparecidos ya los conceptos primordiales entre los piojos de la estulticia.

Por desgracia para ellos, para los que hasta aquí llegan jugándose la vida por mor de un progreso rutilante, la costa tropical de Granada es el destino ansiado y afable, a pesar de todo; es el reluciente anhelo, tan desconocido como soñado, para el que han estado juntando monedas de sufrimiento: dolor de familias que quedan mutiladas de padres, de hijos; dolor de trabajo en condiciones inhumanas; dolor de patera asquerosa, inmundicia de mafias crueles; dolor de decisiones sin paños calientes, sin oraciones; dolor de arena color cementerio; dolor del parto estéril de los nonatos; dolor inconmensurable de los sin nombre, de los sin lápida. Y más dolor.

Más dolor.

Mientras hoy en la playa de La Mamola, a las siete de la mañana, un pensionista de enorme barriga discute a voz en grito por un lugar en la arena donde colocar su estupidez de bañista de raigambre, en alta mar una niña de 13 años siente el corazón en la boca, aturdida por el calor que asfixia, asustada, revuelta entre desconocidos desconfiados, subida en una embarcación cochambrosa y fétida, sin saber poner nombre a ese ciclón de locura que la envuelve con la intención de engullirla.

No hay aquí padre ni madre, no hay familia ni conocidos, no hay tierras, ni soles, ni lunas reconocibles, no hay calor humano ni palabras de aliento. Sólo verdad descarnada, la muerte y la vida a porta gayola y mucha necesidad y cantidades ingentes de injusticia.



¿Qué hay aquí, en este lado del mar?

¿QUIÉN hay aquí, en este lado del mar?





Albayalde

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