martes, 2 de abril de 2019

Sillas bajas de tomar el sol y feminismo

Este invierno hará mucho frío.
En la Costa Tropical también hace mucho frío cuando el viento arrecia y permanece durante días y días, acomodado a los recovecos de las calles y de las ramas en los árboles.
En cuanto sale un rayito del sol de media tarde me siento en la silla baja, como las viejas mujeres del pueblo, y me acurruco al calorcillo y me mezo en los recuerdos; como las viejas mujeres del pueblo, que hacen de su silla baja de tomar el sol -que de su vida han hecho- un intento de mecedora: ahora tienen el regazo vacío, pero les queda, instintivo, el vaivén automático del reloj particular de terciopelo que se hicieron acunando hijos y sueños. Todo entramado antes, y ahora casi disuelto.
Y mientras ocupo ese lugar de mujer, heredado de mujer en mujer, imagino vidas femeninas que me antecedieron, preguntándome cómo entendieron su destino. Los ejemplos más cercanos tienen que ver con la sencillez, con el esfuerzo, con el trabajo y con la aceptación. En ningún caso con la sumisión.
Agradezco, desde las ventajas que nos han proporcionado, a todas aquellas valientes que dieron un paso reivindicativo adelante, diciendo basta con su voz recia y con su vida; abriendo los ojos a quien quisiera ver; haciendo palpable una realidad obvia pero disimulada.
Sin embargo, creo que en esa lucha justa y necesaria, otras mujeres acompañaban a estas heroínas de otra forma, a su manera.
Han existido y existen sin hacer ruido las que, desde la humildad de una silla de anea (firmeza, eficacia y simplicidad) nos han enseñado lo que ellas eran y sabían, sin dudas, con convicción, con energía, con el ejemplo incuestionado. Con aciertos y errores asumidos.
Por supuesto, mi punto de vista es subjetivo. Precisamente esto es lo importante: quedan anclados esos recuerdos de fortaleza en el subconsciente y me permiten matizar lo que yo vivo desde esa subjetividad. A nosotras y a nosotros, ahora, nos toca pulir y adaptar a los tiempos nuestros aquello que era fundamento y verdad en ellas.
Lo de ser mujer les venía dado y ni por un momento se cuestionaba; no había rosas ni azules porque no había opciones. Había una manera de aceptar y vivir el presente, eso de lo que ahora se alardea sin conciencia plena.
En todos los noticiarios se informa a diario y en cabecera, de violaciones, de abusos sexuales, de mujeres asesinadas a mano de parejas o antiguas parejas. Acto seguido, aparecen campañas organizadas por cadenas televisivas y ONG´s de lo más variopinto, en contra de toda esta violencia, llamando a la igualdad, a la concienciación o apelando a la educación para “erradicar la lacra que nos asola” (frase recurrente en muchas circunstancias) y, a continuación, se nos endosa una ración de siete minutos o más, de publicidad sin filtros con chicas como objeto y con chicos como sujeto.
Lo que no encuentro en estos alardes de bondad (que, por cierto, no hacen sino victimizar más a las víctimas) es una reflexión que no polarice el feminismo convirtiendo a este movimiento por la igualdad en luchas absurdas de mujeres y mujeres y mujeres y hombres. Lo que no veo tampoco son posiciones firmes y sinceras de las que prestan su voz y su imagen al pregonero. Lo que no siento es serenidad ni apoyo efectivo a las que necesitan certezas.
Por supuesto, esto que escribo no es una excusa para la injusticia, la violencia, la humillación sufridas a lo largo de tanto tiempo. Es la exaltación de la fuerza y de la sencillez, de la honradez y de la tenacidad que a través de las que nos precedieron hemos ido recogiendo, despacio. Sin dudas.
No sé si se nota.

Albayalde



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