Cualquier ser inerte de los muchos que habitan el planeta y lo llenan de grises, cualquier ser de estos, digo, se merece un trozo de luz. O no. En lo que trasciende, mi amada Antonia, no me reconozco cuando digo estas cosas. O sí.
Llévame a la pura contradicción y no te andes con miramientos, puesto que sólo allí, sólo en ella, descubro lo que advierto.
Hoy he llegado hasta el negro con matices luminosos apretando un poco los ojos; luego he tenido que recurrir a la voz susurrante de un asceta que anda pasos perdidos en la red y luego, a la música.
Y aquí estoy, dieciséis de mayo del año dos mil doce, a pocos centímetros de lo que venga mañana y pasado y el siguiente... por que ya lo tengo todo pre visto, querida. Y ahora SÉ lo que quiero. O no.
¡Ah, el olvido! ¡Qué maravilla!
Cuando llegue tendré preparada el arca y las fértiles parejas que poblarán la vida nueva.
En eso nos vemos, Antonia.
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