Estoy frente al Arte, que me obliga a revisar lo que se atrofia
con el paso de la rutina.
Amiga Antonia, de nuevo contigo. Háblame de aquellas tardes
que se escurrían en el borde de un escalón, mientras iluminaba el futuro
incierto un sol de pan con chocolate. Háblame de las deshoras, de los
desminutos y los desegundos fluyendo en sensatas sensaciones: el tiempo, sin
cuestionarse el tiempo, discurría profundo y sin importancia.
Querida Antonia, luego vinieron los quehaceres y entonces el
tiempo se convirtió en un lugar negruzco con un agujero en el fondo. Cogía el
tren de cercanías y allá me iba. En los ojos guardaba para no morirme, la luz
de las tardes disueltas, los cacharros de aluminio, el plástico aromático de
mis juguetes, la rejilla de las mecedoras, el ventanal en el mirador, el
chirimoyo y el níspero gigante, el agua de la acequia con musgo y helechos…
Me voy al huerto siempre que puedo.
¿Te das cuenta, Antonia, de cómo de grande hace la memoria
al corazón?
No siempre me gusta
esto. No siempre es bueno ni sano que el corazón crezca a base de la memoria.
Cuando el ansia de soledad liberadora se me hace un nudo en
la garganta, feo se pone el panorama, Antonia.
Me harto de Arte, me saturo de Arte. Necesito el Arte para
volar. Lo Bello es la Verdad. La Verdad es lo Bello y necesito Belleza. Tú ya
me entiendes. A ti no te voy a explicar el oasis que llevo guardado para las
ocasiones de extrema necesidad. Diego habla de una “caja vacía de los hombres”.
Pues algo así, pero yo la lleno inmediatamente de chimeneas cálidas y
reconfortantes como esta que te escribo.
Me gustó más la chimenea que te escribí el otro día; era más
jovial.
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