lunes, 20 de agosto de 2012

Acero

Cuando surgen estas palabras tan rotundas no tengo más remedio que hacerles caso y ver hasta dónde son capaces de llegar, de modo que me sumerjo en una suerte de deslizante indagación con tacto sedoso y allá voy, dispuesta a cualquier cosa, o casi.
El objetivo primero es ir dando brincos para sortear el inmanente prejuicio. Nunca sé dónde aparece, pero sí sé que está, lo cual es suficiente para mantener la fuerza y la sonrisa. Creo que es él, el prejucicio primero, quien me proporciona el dulzor de caña cuando me resbalo camino de la música. Después de haberlo reconocido se vuelve manso y, como un ya invisible lacayo, va abriendo puertas hacia donde me dirijo. Lo sabe. Desaparece.
Llego al mundo mágico de lo más simple, Antonia, envuelta en la sustancia esencial del acero.
Date cuenta: el UNO que son Dos.
Un beso acerado.

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