miércoles, 29 de agosto de 2012

Albayalde

Andrajos amarilleando que cuelgan desde el altozano.
Retoza, Antonia, en la terraza pintada de cegador albayalde, de la que cayó una tarde aquel saco sospechoso de huesos del cual jamás supieron el origen. Un drama, por lo visto.
Lo vieron todo -según comentan- desde la acera de enfrente; donde se sentaban a comer palomitas y a beber coca-cola un grupo disidente de ancianas, de las del sufragio. Pero ellas no abrieron la boca, sobre todo por joder al policía que investigaba el caso: era de la misma quinta y siempre, siempre las miró por encima del hombre; sí, del hombre.
Enlazan la historia esta de alguna manera, con aquella del alcalde que interrumpió descortésmente la llamada de un gerifalte que le consolaba de sus afectos, para rendirse a su dolor de cabeza permanente. Parece ser que luego, como no pudo recuperarse de la profunda vergüenza, lo encontraron armado en brazos de un peluquero inhumano, disfrazado de asno para pasar desapercibido, pintado a la manera romana y tocado con un postizo de grandes bucles blancos que enmarcaban su desteñido rostro de vampiro. Imagínate la escena, querida. David Bowie en esencia.
Y como las cosas son causales, según dicen los doctos modernos, el vínculo tiene su sentido y se reiteran las emociones mirándote y viendo cómo te desvaneces por la escala de cuerda cada día para ir a Cafarnaúm, en busca de mejores parajes.
Ahora no es tiempo ya, pero en cuanto el sol vuelva a acercarse y conforme los higos vayan reventando de amanecer, traeremos juntas un poco de azúcar de la que no marchita y pondremos a los geranios medio crecidos el mejor abono. Me imagino la terraza verde y roja y naranja y rosa y amarilla y teselada de sol por el cañizo.

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