Acabo de regresar de sensaciones nuevas, mi querida Antonia; a pesar de que vas conmigo, hay veces que me deshago de tí silenciosamente, por no soportar tu peso. También espero que te sientas liviana cuando no estoy.
Vuelvo, como te he dicho, de ver cosas distintas, de descubrir ruinas cuidadosamente abandonadas y de poner a prueba mi imaginación. Vuelvo de haber sentido nuevos olores, de ver cómo las cosas son siempre iguales en cualquier parte: yo te tengo a tí que me permites infinidad de perspectivas. A todas me gustaría tener acceso, ya sé que no será posible.
Contradicciones, serenidad, sabiduría, certezas. Las ruinas se han convertido en maestras con solo abrir un poco los ojos.
¿Sabes, Antonia? No somos los únicos, ni los mejores. La humildad es fundamental para conocerte a tí misma y luego ser capaz de mantener la fortaleza en cada momento. Cuando llegan las vacas flacas se vuelve todo tan marrón que la luz apenas se distingue, pero si has mantenido el fuego que permite tener la luz, decir malos momentos o buenos se torna sólo una cuestión de percepción distorsionada de la realidad, porque tú permaneces más allá de las palabras flotantes, de los acontecimientos fungibles, dándote cuenta desde el amanecer hasta el amanecer; dándote cuenta de la necesidad o no de los movimientos del corazón.
El prodigio, Antonia, es incesante: una hermosa espiral.
Gracias.
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