Querida Antonia, cuánto tiempo sin dirigirme a ti o a las cosas que importan.
Han tenido lugar muchas circunstancias a lo largo de estos días -meses- como para poder contarte; sin embargo, estaba en otro lugar, en otra hora, en otra historia.
Ahora que te estaba añorando (o algo así), se ha dado todo lo necesario y aquí estoy, dispuesta al viaje.
Ya veo con más nitidez los mensajes. Ya quiero entrar a lo que me importa con más eficacia.
No voy a evitar la desidia de lo que se repite eternamente, aunque a veces me enerve. Así que, tirada aquí sin ninguna compostura, me voy dejando llevar por los dedos, por los signos del teclado y, como en otras ocasiones, por la luz sedosa de la sobremesa en cualquier silla. Mientras, por la cristalera de la ventana desfilan como soldados chinos, en las infinitas líneas rectas de un rayo de sol, millones de puntos sobre los que reverbera la tarde mientras se apacigua. Y caen sobre tu pelo fino castaño, Antonia, provocando ternura a quien te quiera descubrir.
Me voy yendo de lo banal a lo necesario entremetiéndome por enrevesadas callejuelas, camino de la infancia, de nuevo. Y, sin embargo, no regreso allí con melancolía; más bien, aquello que fui llega a mi encuentro, y un yo y otro yo se atreven a darse la mano. El primero, resurgido; el segundo, resurgiendo; saliendo de una selva de incongruencias, de contradicciones, de ineficacias, de no-acciones, de farfolla inútil y aparente.
Me consuela creer que en estos desiertos encontraré mi pirámide. ¿Chi lo sa?
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