Motril. Una calle céntrica cualquiera por la que pasan un sinnúmero de personas a lo largo del día, siempre con algo que hacer, con mil preocupaciones en la cabeza, a las que se añaden las correspondientes a este tiempo, cada vez más terrible, de la Navidad.
Mil pre-ocupaciones, sí. Incluso más, en algunos casos.
Al otro extremo de un paso de peatones alelados y ensimismados, ante un fondo verde metálico de mal aspecto, se arrodilla un chico, en un “ásana” (postura yóquica) de humillación difícil de mantener durante mucho tiempo.
(Mis músculos aún no son tan flexibles, ni mi cerebro ha llegado a tanta deconstrucción. Habrá que afanarse más en las prácticas diarias). No hay aquí esterilla adecuada ni entarimado, como en el lugar donde se realiza el arte ancestral del yoga, sólo unos cuantos cartones que atenúan algo la dureza del asfalto contra las rodillas.Él vive postrado ante su fragilidad, en la realidad inferior de “por debajo de las cinturas” y yo y otros, levitando, huyendo. -No entiendo nada-. Aquí se truecan la música espiritual y el incienso, por el ruido insano de los motores expeliendo toxicidad; tanta, como las bocas de los transeúntes que miran de reojo la inadecuada y extravagante imagen de la injusticia.
Y, decepcionados quizás por no encontrar túnicas color mostaza cubriendo un cuerpo tan joven, hacen como que no ven, o tuercen el gesto sin ningún decoro. (Mientras tanto, yo y otros, a lo nuestro).
Hay quien no quiere reparar siquiera en lo que incomoda, por evidente; hay quien no se molesta en escorarse tanto; hay quien no se inquieta por lo de abajo; hay quien piensa en los infames gobiernos, en la vilipendiada globalización; hay quien, eludiendo lo evidente, desvía la atención hacia las sartas de luces en los escaparates.
Hay quien hace largas sesiones de meditación. Hay quien aprovecha y alecciona a sus congéneres manejando impúdicamente la tristeza, la vergüenza y la culpa. Y hay también quien piensa en artículos periodísticos para Navidad camino de la pretendida-pretenciosa trascendencia.
Me duele la cabeza del golpe tan brutal y, además no me hallo. Estoy confundida y desorientada. Creo que he vuelto a perderme porque no es este el gym que yo conozco: demasiado aire, demasiada realidad, demasiada gente haciendo posturas enrevesadas.
Si se fuera capaz de dejar de lado el enorme lastre de los prejuicios que circundan y someten el cuello y el libre pensamiento, si se fuera capaz, digo, posiblemente descubriríamos que, las carencias en realidad no son de quien se inclina implorando ayuda.
Si se tuviera el objetivo atento y curioso de una cámara fotográfica en mitad del corazón y de la razón…
Ante la pobreza, pirámides de preguntas, montones de sugerencias, millones de incoherencias, aluviones de tratados sociodemográficos, filosóficos, antropológicos, esquizofrénicos:
– ¿Qué es la pobreza? ¿Es una situación transitoria, un estado permanente, un agujero negro?
-¿De quién es la pobreza, de quienes entran y salen de ella?, ¿de quienes nunca han estado, pero se responsabilizan de situaciones de carencia?, ¿de quienes nunca han conocido otro modo de vida?
– ¿A quién culpamos de la pobreza?, ¿a quienes no quieren levantar cabeza?, ¿a quienes no pueden acceder al bienestar?, ¿a quienes controlan la riqueza?
– ¿Son los pobres los responsables de su pobreza? ¿No trabajan?, ¿no están formados?, ¿son ignorantes y violentos?, ¿son parias sociales que no se esfuerzan?
– ¿Son los de a pie los responsables de la pobreza de los pobres? ¿Son los gobiernos quienes la provocan y quienes deben erradicarla? ¿Quién mantiene la pobreza? ¿Interesa que haya pobres y pobreza?
– ¿Cómo nos sentimos ante la evidencia de la miseria?
– ¿Cómo se sienten los pobres siéndolo?
– ¿En qué piensan los pobres?
– ¿Por qué no salen todos los pobres de la miseria?
Y, sobre todo, ¿quiénes somos nosotros para hablar de pobreza (de la ajena y de la nuestra) sin ofender o sin miedo?
Es posible que a todas estas cuestiones respondiera magistralmente una película magnífica de Luís García Berlanga, “Plácido (siente un pobre a su mesa)”.
Disfrazada detrás de un matiz cómico de caricatura exageradísima se encuentra la dura crítica a la hipocresía, instalada desde que nos conocemos en los no-valores de cada cual.
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