Se supone que la experiencia, si se aprovecha, ha de enseñarnos a buscar soluciones para evitar recrearnos en los problemas y en las dificultades, para que no suba el colesterol malo y para que la tensión esté en su justo punto.
Cuando alguien llega a este estadio de la vida y a estas convicciones que parecen tan lógicas, se cree que todo el mundo acompaña y que, al hablar, encontrará interlocutoras e interlocutores en el mismo nivel de pensamiento. ¡Ummm, va a ser que no!
En las lamentaciones se pierde mucho tiempo y mucha energía vital y se soluciona poco o nada.
Igualmente sucede con los adoctrinamientos: gran cantidad de personas se preguntan, por ejemplo, qué sucederá con estas generaciones de jóvenes y adolescentes que “vemos de venir” como si fuésemos la vieja tras el visillo: con el hocico torcido y la intención cargada de prejuicios. O qué está pasando con la educación, que no acaban de tener claro -los de los despachos- lo magnífico que es el modelo finlandés, o el chino o el japonés (¡Cuándo se ha visto un chino torpe o un finlandés traumatizado!). Todo ello y más, propicia que otra gran cantidad de personas hablen y hablen y escriban libros de autoayuda, y den conferencias sobre elevadísima espiritualidad barnizada de orientalismos y arenguen a las masas grises, profetizando grandes catástrofes para el tiempo en que haya que hacer los relevos: “¡Qué va a ser de nosotras y nosotros -dicen-, de nuestras pensiones, de nuestro merecido jubileo, de nuestro confortable estilo de vida! ¡Con lo que hemos trabajado, con lo que hemos sufrido, con lo que hemos mirado por ellos y ellas!” Y cosas por el estilo.
Y así, una larga retahíla de quejas argumentadísimas, que, salvando todas las distancias, suena a “¿nos hacemos unas pajillas?” (mentales, claro). Porque en realidad, en nuestra realidad, ¿qué se hace por el futuro?
Es más, ¿es necesario hacer algo por el futuro?
¿Dónde se perdieron la oportunidad y la brújula?
Buscando quiméricas soluciones (inadecuadas e imposibles por definición) y la cura para el ruido de mi cabeza, anduve hasta la playa de la Rijana, una cala de juguete en el término municipal de Gualchos, a la que llega con dulzura el Mediterráneo. En noviembre se tiene, de momento, el privilegio de encontrar aquí Soledad en un día ordinario de la semana (No lo diremos muy alto).
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